De Veracruz al mundo
GILBERTO NIETO AGUILAR
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2026-03-24 / 22:24:28
El gigante chino
Un tema apasionante en el concierto internacional es el fenómeno del socialismo chino, que oficialmente denominan “Socialismo con características chinas”, como uno de los experimentos sociopolíticos más complejos y debatidos en estos momentos. Para entender la “verdad” detrás de este sistema, hay que alejarse de las etiquetas binarias (capitalismo vs. comunismo) y observar su evolución pragmática.



Comencemos con el hibridismo o socialismo de Estado y libre mercado, que se escucha en el mundo binario como una contradicción imposible de hacerse realidad. La clave del éxito económico chino no fue seguir el manual marxista-leninista al pie de la letra, sino la transición iniciada por Deng Xiaoping en 1978. Su premisa era simple: "No importa si el gato es blanco o negro, lo importante es que cace ratones".



De esa manera, el Estado mantiene el control de sectores estratégicos (energía, banca, telecomunicaciones) a través de empresas estatales, pero permite una competencia feroz en el sector privado. A diferencia de las democracias occidentales, que suelen planificar en ciclos electorales de 4 a 6 años, el sistema chino opera con planes decenales y hasta por centurias (como el “Sueño Chino” para 2049).



El milagro de la reducción de la pobreza es, quizá, el punto que genera mayor admiración y reconocimiento internacional, inclusive por parte de organismos como el Banco Mundial, pues en los últimos 40 años, China ha sacado de la miseria a más de 800 millones de personas. La velocidad con la que han construido redes de trenes de alta velocidad, ciudades enteras y complejos tecnológicos no tiene precedente en la historia de la humanidad.



Desde una perspectiva política y sociológica, el sistema chino se presenta como una alternativa al modelo liberal. Basado en la “meritocracia autoritaria”, para muchos ciudadanos chinos el contrato social es claro: el Partido garantiza orden, seguridad y prosperidad económica a cambio de la renuncia a ciertas libertades políticas y civiles en el sentido occidental.



China no solo busca ser una potencia económica, sino alcanzar un liderazgo en el consenso internacional. El desarrollo chino ha ido acompañado de un resurgimiento del confusionismo y valores colectivistas, priorizando el bienestar de la comunidad por sobre el individualismo (una vieja aspiración socialista aun no realizada). Pasa



de ser la “fabrica del mundo” a ser líderes en Inteligencia Artificial, 5G y energías renovables, transformado la concepción de China de imitadores a innovadores.



La admiración convive con críticas profundas, sobre todo de aquellos que no ven la viga en sus propios ojos. Por ejemplo, se especula que, aunque la pobreza extrema bajó en el país, la brecha entre los multimillonarios de las ciudades costeras y los campesinos del interior sigue siendo enorme. En el ámbito de los derechos humanos “alcanzados” en el mundo occidental, en China se generan dilemas éticos sobre la privacidad, y las tensiones en regiones como Xinjiang, Tíbet y Hong Kong son puntos de fricción constante con la comunidad internacional.



Tal vez el socialismo chino es admirado porque ha demostrado que la modernidad no es sinónimo de “occidentalización”. Además, no le declara la guerra al capital y lo ve desde un socialismo moderno y con visión de futuro, siendo un modelo que prioriza la eficiencia administrativa y el desarrollo material colectivo, desafiando la idea de que sólo la democracia liberal puede generar prosperidad, y proponiendo un rediseño del orden global favoreciendo los BRICS+ para representar al Sur Global y reducir la dependencia del dólar.



En 2026 la “verdad geopolítica” es que el mundo ya no tiene un solo centro de gravedad, pues ahora se debe aprender a navegar entre dos sistemas con reglas de juego fundamentalmente distintas.



gnietoa@hotmail.com

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