Con solidaridad y respeto a Rocío Nahle García y Ricardo Ahued Bardahuil
En política, como en la vida, las disputas más enconadas no siempre provienen del adversario, sino del propio círculo cercano.
No es para menos. En el horizonte inmediato se encuentran 17 gubernaturas en juego además de diputaciones federales, congresos locales, ayuntamientos y una larga lista de cargos de elección popular. Se trata de una "manzana" política demasiado apetecible como para no provocar tensiones e incluso entre quienes comparten bandera.
En ese contexto, las acusaciones cruzadas dejan de ser meros desacuerdos ideológicos para convertirse en estrategias de posicionamiento. Cada grupo, cada liderazgo regional, cada figura con aspiraciones, busca asegurar su lugar en la mesa antes de que se repartan las candidaturas. Y en ese reparto, la lealtad suele ser un valor relativo frente a la ambición.
Así en las próximas semanas seremos testigos de nuevos "agarrones". No será extraño ver descalificaciones, rupturas y escisiones de última hora. Es el juego político en su estado más puro y más burdo: negociación, presión y, en muchos casos, confrontación abierta.
A este entorno interno crispado se suma un contexto internacional igualmente complejo. En Estados Unidos, el clima político se encuentra en plena efervescencia. Donald Trump, ante una caída en las encuestas, buscará reposicionarse mediante una estrategia conocida: la confrontación. Y en ese guión, México suele ocupar un lugar central.
Las acusaciones contra el gobierno mexicano, al que ha calificado como timorato, por decirlo de forma elegante, frente a los carteles de la droga, no son nuevas, pero podrían intensificarse conforme avance el proceso electoral estadounidense. La tentación de utilizar a México como blanco político es alta, especialmente cuando se busca movilizar a ciertos sectores del electorado.
La tarea no es menor, implica tomar decisiones difíciles, marcar límites claros y, en algunos casos, incomodar a actores que han sido aliados históricos. También supone enviar señales de autoridad, tanto hacia adentro como hacia afuera.
En este contexto, la presidenta debe tomar al toro por los cuernos. No sé qué tan cansado esté, querido lector, de leer, escribir o escuchar sobre Donald Trump. Yo, se lo confieso, estoy profundamente cansado del lugar desproporcionado que el antiguo especulador inmobiliario neoyorquino ha terminado por ocupar en la historia contemporánea. Pero es imposible esquivarlo. Trump no gobierna como jefe de estado convencional, sino como un hombre que quisiera colocarse por encima de las instituciones, del equilibrio de poderes y hasta de los propios límites que todavía le impone el sistema estadounidense. No actúa como un presidente republicano tradicional, como si la democracia fuera apenas un trámite molesto entre él y su voluntad. Si encontrara la manera de vaciar de sentido las elecciones de noviembre, o de convertir una victoria electoral en patente de corso para arrasar con todo, lo haría. Ese es el lugar que hoy ocupa en la historia del mundo: el de una figura que no administra una democracia, sino que le empuja hasta su punto de ruptura. Y cuando se tensiona al límite la democracia más poderosa del planeta, no tiembla solo Washington, tiembla el mundo entero.
Una de las lecciones más incómodas de este momento es que no se puede vencer a un ejército que lo primero que está dispuesto a perder es la vida y que este destino forma parte aceptable de su horizonte político y religioso. Y ese componente, el del fanatismo y la radicalización del conflicto es el que vuelve esta guerra santa todavía más peligrosa.
Muchos estadounidenses querían volver a sentirse orgullosos de serlo y compraron la promesa de que regresaría el respeto, el orden y la prosperidad. Hoy se encuentran con otra realidad: pagan más, viven peor Y observan como sectores enteros de su economía resisten la falta de mano de obra migrante que durante años sostuvo industrias completas.
En otro contexto hay estados del alma que parecen condenarnos a una espiral descendente de la que es difícil escapar. Uno de los más temibles es aquel en el que el corazón se endurece y la mente se pone necia. No se trata de dos eventos separados, sino de un solo proceso: el corazón al centrarse en la compasión y a la vulnerabilidad, dicta la mente un camino de rigidez: la mente, al volverse incapaz de cuestionarse, justifica y profundiza el endurecimiento del corazón. Es una alianza perversa que convierte al ser humano en su propio carcelero. El endurecimiento del corazón no ocurre de la noche a la mañana. Es más bien una sedimentación de pequeñas durezas cotidianas; la indiferencia ante el dolor ajeno que se repite hasta volverse costumbre; la desconfianza que se vuelve muralla; el miedo disfrazado de fortaleza. Frases como "así es la vida" son sus mantras. Quien endurece su corazón cree estar protegiéndose, pero en realidad está amputando su capacidad más humana: la de sentir con el otro. Y al dejar de sentir deja también de comprender. La empatía no es solo un sentimiento: es una forma de conocimiento. Sin ella, el mundo se reduce a un tablero de interés y los otros dejan de ser personas para convertirse en obstáculos, herramientas o prescindibles. La mente necia es la compañera indispensable de este corazón petrificado. La necedad no es ignorancia; es una obstinación orgullosa que rechaza la evidencia, el matiz y la autocrítica.
Mientras que la mente abierta nutre de preguntas, la mente necia se atrinchera en certezas. Mientras que una escucha para aprender, la otra escucha para refutar. En su forma más extrema, la necedad se vuelve ideología; cualquier dato que contradiga sus convenciones es automáticamente descalificado, como has llegado, falso o malintencionado. Así, la necedad se autoprotege: al no admitir error, no necesita cambiar. Lo trágico es que este binomio, corazón duro, mente necia se alimenta mutuamente. Un corazón insensible no tiene motivos para cuestionar sus juicios: una mente que no cuestiona sus juicios nunca descubre la dureza de su propio corazón.
¿Hay salida? Creo que sí, pero no es fácil. La salida comienza con una grieta en el edificio autosuficiente de la certeza. El corazón se ablanda cuando dejamos de temer al dolor y aceptamos que ser vulnerable es parte de estar vivo. La mente se vuelve lúcida cuando recupera la capacidad de asombrarse y de decir "no lo sé". Son dos movimientos paralelos: abrirse a sentir, abrirse a dudar. Porque el verdadero conocimiento no se es el que se posee con soberbia, sino el que se busca con humildad. Y la verdadera fortaleza no es la que no se siente, si no la que se siente y aún así elige no cerrarse.
En última instancia, el endurecimiento del corazón y la necesidad de la mente son formas de muerte en vida. Son maneras de habilitar el mundo sin dejarse tocar por él.
En otro orden de ideas me atrevo a pensar que marcan la ideología dominante en nuestros días dos postulados fundamentales, que guían a los gobernantes, senadores, diputados, alcaldes, medios, organizaciones y "especialistas", en superación personal y fomento del optimismo. Me refiero, en primer lugar, a la difundida idea de que se puede alcanzar la felicidad en un puro acto de voluntad. Muchos falsos filósofos predican que "podemos ser felices con solo proponérnoslo". Elogian la pobreza y la elevan al grado de suprema virtud (claro eso puede decirlo quién tiene lleno el estómago), y preguntan que ser pobre es una gran ventaja: hasta abre el paso a una vida mejor en el más allá. Así aún en la más horrible pobreza es alcanzable la felicidad, pues esta no es cosa material, sino cuestión del espíritu. Lo mundano solo merece desprecio. Todo este sistema de ideas tiene como piedra de toque una concepción del hombre como algo puramente espiritual, un espíritu que se le basta a sí mismo, puede existir y elevarse, libre de todo lastre material, postulaban ya desde la antigüedad algunas filosofías de la India, como el Zaratustra de Nietzsche, o como predicaban los anacoretas que buscaban la paz del espíritu y la ataraxia en la privación de todo goce material y en el puro encierro espiritual. |
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