De Veracruz al mundo
Pierde la vida el gran maestro Pompeyo Lobato Ortiz tras accidentarse rumbo a Rodríguez Clara víctima de un infarto.
De él aprendí que las relaciones públicas son básicas en el quehacer periodísticos y por ello y muchas enseñanzas le guardo enorme agradecimiento. Le pedí a mis amigos que me acompañaran a saludarlo y así lo hicimos pese a que tenía la hora encima para un ultrasonido que me realizarían en el hospital Ángeles.
Sábado 30 de Noviembre de 2024
Por: REDACCION GOBERNANTES
Foto: .
Xalapa, Ver.- El viernes lo vi entrar a un restaurante ubicado en plaza Animas de Xalapa. Iba acompañado de un joven de alrededor de 18 o 20 años.

Llevaba calzado su inseparable sombrero tipo panameño mientras abrazaba a su acompañante. Pasados 20 minutos termine la charla con el grupo con quien estaba reunido, y junto con dos grandes amigos: Yamil Ali y José Lima Cobos emprendimos camino rumbo a nuestros respetivos destinos, pero de pronto recordé haber visto al periodista oriundo de Gutiérrez Zamora pero avecindado en Tierra Blanca, con quien inicié, tácitamente, mi carrera periodística y conviví muchas veces en comidas, reuniones y viajes al sur del Estado.

De él aprendí que las relaciones públicas son básicas en el quehacer periodísticos y por ello y muchas enseñanzas le guardo enorme agradecimiento. Le pedí a mis amigos que me acompañaran a saludarlo y así lo hicimos pese a que tenía la hora encima para un ultrasonido que me realizarían en el hospital Ángeles.

Entramos al restaurante y al verme se puso de pie sonriente, amable, como lo fue siempre con mi persona, expresando: ¡chuchín, que gusto verte.

Siempre me es muy grato saludarte!. Y nos fundimos en un abrazo fraterno, sincero, afectuoso, cuestionándome cuando volteé a ver al joven que lo acompañaba: ¿no lo conoces’, le respondí que no, y me contestó con una sonrisa que no ocultaba la tristeza que pude adivinar en sus ojos, esa tristeza que he visto muchas veces en personas que están a punto de morir. –Es mi hijo, el más chico.

Se llama Pompeyo Lobato como yo, con mi padre y tu servidor, ya somos ocho Pompeyos-, me dijo con alegría. El joven me extendió la mano y Pompeyo, el gran maestro de periodistas le dijo a su hijo: Carlos Jesús es como mi hermano, no, como mi hijo. Trabajamos juntos en El Dictamen. El intercambio fue corto, yo llevaba prisa por el estudio que debían hacerme y no quise seguir interrumpiendo la convivencia de padre e hijo.

Esto fue el jueves. El viernes, durante el café con los amigos, salió a tema Pompeyo Lobato Ortiz. Le comenté a Jaime Huesca y a Julio Bouzas que había visto mucha tristeza en la mirada del maestro Pompeyo, pero que lo vi bien. Que nos saludamos afectuosamente, como siempre lo hacemos cada vez que nos vemos o que nos veíamos, ya que alrededor de las 21:00 horas de este viernes la noticia comenzó a correr: Pompeyo Lobato Ortiz sufrió un infarto cuando se dirigía a su rancho en Los Tigres, en el municipio de Rodríguez Clara, saliéndose de la carretera y falleciendo al instante.

Autor de la columna Zigzag que posteriormente cambio a “Los que se dice” por Atila, Pompeyo trabajo siempre para El Dictamen, fue corresponsal de Excélsior y conductor de un programa en Radio Televisión de Veracruz, y últimamente publicaba en la red social Facebook.

Era hombre de una sola pieza, publirrelacionista por excelencia, amigo de Gobernadores y de infinidad de políticos a los que ayudó e impulso.

Fue un referente en su época, un maestro de muchos periodistas, incluido este reportero que lo recordará siempre como el gran amigo que fue, pues al enterarse de la riesgosa intervención de que seré objeto próximamente tomó el teléfono y me ofreció todo el apoyo: ¡lo que se ofrezca chuchin, lo que sea no te detengas en decirme. Cuenta conmigo!.

Lo sentí sincero como solía ser. Se lo agradecí, le dije que todo estaba bajo control, pero desde ese día, cada semana recibía una llamada suya, pero la intervención se pospuso, pero siguió llamando esporádicamente. El jueves, así lo quiero entender, por esas decisiones del Ser Supremo, tácitamente, nos despedimos con afecto.

Yo aún me quedó, o eso consideró porque le estoy metiendo muchas ganas a la salud, él se acaba de ir, lamentablemente, y le externo desde este espacio mi más sentido pésame a sus hijos Liz, que me confirmó la terrible noticia, a los Pompeyos, a Manuel y al resto de la familia. Descanse en Paz el amigo, y feliz encuentro con el Creador Supremo que, seguramente, ya lo recibió en su seno, pero su legado seguirá por siempre vigente. Descanse en Paz Pompeyo Lobato Ortiz, terrablanquense de corazón…

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