Nos han vendido la idea de que la "Soberanía Nacional" es una especie de escudo sagrado, un grito de guerra patriótico que se presume con el puño en alto desde la tribuna pública. Escuchar al gobierno actual hablar de defender la soberanía nacional es música para los oídos de sus fanáticos; despierta ese sentimiento de frustración y coraje por las carencias personales que son tratadas como injusticia heredada y que el "pueblo bueno" no cuestiona, solo reacciona.
El problema surge cuando se apaga el micrófono del mitin y volvemos a la realidad; el discurso de la soberanía choca de frente contra la cruda verdad de la falta de alimento en las mesas de millones de familias, que no se compensa con la torta untada de frijoles y el refresco que reciben como pago.
Eso nos fuerza a hablar primero de la "soberanía alimentaria". Nos prometieron rescatar al campo y dejar de depender de los de afuera. ¿Cuál es el resultado real después de ocho años de este modelo?. Hoy México es el mayor comprador de maíz del mundo y ese grano viene de los campos de los Estados Unidos.
No hace mucho se intentó prohibir por decreto la importación del maíz estadounidense argumentando nuestra independencia, pero la realidad nos hizo manita de puerco: si no les compramos a ellos, nuestra alimentación se colapsa en una semana. Presumir soberanía con el plato vacío y dependiendo de lo que siembre y nos venda el vecino del norte, no es patriotismo, es mentir y traicionar al pueblo.
En el terreno de la energía pasa exactamente lo mismo. Nos dijeron que comprando refinerías viejas en Texas y construyendo Dos Bocas tendríamos autonomía energética y la gasolina nos costaría 10 pesos por litro. Pero la realidad es terca, no hay tales resultados y Pemex sigue siendo la petrolera más endeudada del planeta y su producción viene a la baja, tal vez mañosamente por aquello del “huachicol fiscal”, pero, para evitar que se hunda, el gobierno tiene que rescatarla una y otra vez usando el dinero de nuestros impuestos.
Y mientras el resto del mundo compite por tecnología y autos eléctricos, nosotros nos quedamos anclados en nuestra “soberanía energética”, el nacionalismo petrolero del siglo pasado. Es como empeñar la casa para comprar un auto de colección que ya ni camina, solo por el orgullo de decir que es tuyo.
Pero el hilo más delgado y peligroso es el de la "soberanía económica". El gobierno presume “sus grandes resultados”, pero oculta que para mantener las megaobras y los millonarios apoyos sociales ha tenido que pedir dinero prestado a manos llenas. La deuda del país está en niveles críticos. Las agencias calificadoras internacionales tienen la lupa puesta sobre México. Si nos bajan la calificación, conseguir dinero será carísimo, y el gobierno tendrá que usar el presupuesto de salud o educación solo para pagar los puros intereses de lo que debe.
Esta triple colisión entre el discurso y la realidad nos demuestra que el discurso oficial es una obra maestra para ganar elecciones y arrinconar a la oposición —a la que se acusa de "traidora" si se atreve a cuestionar el mito—, pero es una terrible estrategia de país.
La mayor paradoja de este nacionalismo mal calculado es que, por querer presumir una independencia de dientes para afuera, terminemos entregando el país por insolvencia. Si nos quedamos sin dinero, si no producimos comida y si nos peleamos con nuestro principal socio comercial, las decisiones del futuro de México no se tomarán en el Palacio Nacional, se dictarán desde los mercados financieros de Nueva York. Y eso no es soberanía.
La verdadera soberanía del siglo veintiuno no se mide por qué tan fuerte grite un gobernante frente al extranjero, sino por qué tan fuerte está su economía dentro de casa y para eso de nada nos sirven sus “otros datos”. Porka Miseria. |
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